jueves, 1 de septiembre de 2011
Mundo onírico
Llego a mi casa, subo a mi habitación y me tumbo en la cama intentando dar descanso a mi cuerpo abatido y a mi mente aturdida. Sin quererlo me vuelve a la cabeza ese pensamiento y empiezo a imaginar, a soñar, a hacer y deshacer, intento olvidar, apartarlo de mis sueños, esa carga insoportable que me hace cada vez más y más vulnerable y me quema por dentro hasta convertirme en ceniza. Al final lo consigo y empiezo a pensar en lo bonita que fue la experiencia del día anterior, aquella escena en plena noche umbría, todas esas luces esperanzadoras en las que veía reflejada una tranquilidad que yo no tenía en ese momento. Pero casualidad de la vida. No dejaba de mirar hacia donde habita mi cordura intentando encontrar alguna señal que me hiciese soñar. Sentía la suave brisa de la noche acariciarme la piel suavemente y la luz de la Luna iluminar mi cara con recelo. Tenía la sensación de que me faltaba algo en ese momento, estaba claro, no cabía duda. Ese vacío en mi interior me sumía en una pena amarga que a su vez llamaba incesantemente a las puertas de la locura dejando la posibilidad de asesinar a la inocente fantasía convirtiéndola en sueños rotos. Con mi alma llorando me resigné pero al mismo tiempo me prometí no abandonar, seguir siendo como yo había sido siempre: un chaval sin grandes preocupaciones ni quebraderos de cabeza que sabía vivir con poco. Aun así me levanto de la cama y me quiero enfrentar a la realidad, me cuesta pero hay que luchar. Como dijo Machado en uno de sus proverbios: “Si vivir es bueno, es mejor soñar y mejor que todo, madre, despertar”. El dilema es ¿sueño o despierto? Prefiero no contestar…
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