Con los ojos entreabiertos y ojeroso, saltó de la cama e intento enfocar la vista en el móvil para ver quién le llamaba a esas horas de la madrugada. Las pulsaciones se le aceleraron de repente. Le estaba llamando el padre de Adara. Descolgó rápidamente y contestó:
-Sí?
- Ditch tengo buenas noticias!!-exclamó su suegro.
-Dime…-respondió Ditchter al borde de un infarto.
-Es Adara!! Ha despertado!!
-Voy para allá!!-gritó Ditchter.
Colgó el teléfono y se quedó sentado en el borde de la cama sin terminar de creérselo. No estaba preparado para ese momento. Después de tanto tiempo por fin podría volver a hablar con ella, contarle todo eso que se había perdido… Con el corazón a punto de salirse de su pecho comenzó a vestirse a toda prisa. Mandó un mensaje a todos sus amigos anunciándoles la noticia, cogió la llave del coche y salió corriendo hacia el hospital.
El hospital le parecía enorme. Había estado muchas veces visitando a Adara pero esta vez todo le parecía distinto. Los pasillos se hacían más largos y las paredes más estrechas. Todo el que se cruzaba en su camino parecía retrasarle horas, no quería perder ni un solo minuto para verla cuanto antes. Resonaban en su cabeza las palabras de la recepcionista “Habitación 1111”. Esquivando gente a toda velocidad y con la mente pensando en el reencuentro llegó a la habitación. Estaban sus padres en la puerta esperando a que el médico saliera y les dejara entrar:
-He venido lo más rápido que he podido ¿cómo está?-dijo Ditchter casi jadeando.
-Menos mal Ditch, tú eres muy importante para ella y queríamos que estuvieses con nosotros-dijo su madre con lágrimas de felicidad brotando de sus ojos cansados.
-Han dicho que conserva todas sus facultades y no ha tenido pérdida de memoria, están haciéndole el último chequeo-dijo el padre aparentemente feliz.
El tiempo transcurrido desde que llegó hasta que salió el médico (que apenas fueron diez minutos) pasó lentísimo para todos. Ditchter estaba en otro mundo, con la mirada perdida y su mente dentro de esa habitación. Su madre se mordía las uñas y su padre la abrazaba para calmarla.
Cuando la puerta se abrió todos se pusieron en pie a la vez. El médico salió sonriendo y se acerco a ellos y les dijo: “Todo está bien señores, pueden pasar a verla, disfruten el tiempo perdido”. Ditchter les dijo a sus padres que entraran primero y le avisaran después. Después de quince minutos muy largos salió el padre de la habitación y le dijo que pasara. Ditch se levantó temblando y con el corazón a mil revoluciones entró a aquel sitio en el que tantas veces había estado velando por ella y en el que esta vez iba a ser totalmente distinto. Su madre corrió una cortina y allí estaba ella, tan guapa y perfecta como siempre y con los ojos color miel mirando fijamente a Ditchter…