martes, 10 de mayo de 2016

Su sonrisa, un knockout

Con la mirada perdida al frente y sin rumbo fijo. Paseando entre la gente, tantas personas y tan pocos conocidos. Risas, gritos de alegría... todo alejado de esa mente aislada y cansada que vagaba lejos de aquella calle. Un mundo de color nublado por esos grises que perturbaban su cabeza. Pasos cortos, latidos lentos. Su corazón iba a un ritmo distinto que el de los que le rodeaban. Intentaba ser feliz pero nada le estimulaba lo suficiente. Atrapado en una espiral de inconformismo y melancolía le bloqueaban el paso sus ganas de ser feliz. Un enorme agujero en su interior que impedía que conectase con el exterior. Culpando al karma, al destino, a Dios y a todo lo que no pudiese enfrentarse.

Como si el universo se hubiese puesto de acuerdo en contradecirle, algo en el mundo físico se interpuso en el camino. Una pregunta salió despedida de unos labios femeninos. Apartó la mirada del frente y la clavó en dos preciosos y grandes ojos del color más especial que había visto. La desengrasada y estropeada maquinaria de su corazón empezó a moverse poco a poco, subiendo revoluciones. Su mundo empezó a colorearse con mil pinceles. Según transcurría el tiempo y aumentaban las palabras entrelazadas, su miradas iban encendiendo el fuego que empezaba a calentar la fría noche. Todos sus mermados sentidos empezaban a cobrar vida otra vez. Su pelo olía tan bien... esa piel tan suave... esa voz tan melódica... un regalo para la vista que además tenía un gusto perfecto. Su mundo se tornaba en colores de todas las tonalidades, los pinceles ya le hacian cosquillas. Sonrisas y miradas cómplices que aumentaban los latidos de su corazón. Seguía latiendo a distinto ritmo que el de la gente que le rodeaba, pero esta vez por encima de los demás, se salía del pecho. Esa chispa hizo que su interior conectase con el exterior, que la luz inundase su alma grisácea y volviese el rojo pasión a su corazón. Del todo a la nada y de la nada al todo. Una montaña rusa de sentimientos que por otra parte tenía miedo de que descarrilase. Mil preguntas le hacían tambalearse pero esta vez era diferente, se decía a si mismo que no iba a caer. Cada beso era como un puñetazo que le dejaba confuso en el cuadrilátero. Parecía que ganaba todas las rondas, pero se equivocaba. Terminó esa pelea y empezó otra, en un cuadrilátero entre sus sabanas. Poco a poco terminaron rindiéndose los, un K.O. en toda regla, los dos ganaron.