viernes, 24 de abril de 2015

Vals de las mentiras

Después de algunas reflexiones en estos últimos años he llegado a ciertas conclusiones y cierta radicalización de mis ideas y sentimientos. He terminado blindando mi corazón, aislando mis pensamientos y encarcelando mi confianza, la cual solo muestro en contadas ocasiones en las que veo que puedo hacerlo… rara vez, la verdad. Antes confiaba en cualquiera, creía que todo el mundo era como yo y no había personas que pudieran hacerte daño viendo la cara que mostraban. Una cara amable, una cara sincera. Con el paso del tiempo (y cuando digo tiempo también digo experiencia) he cambiado mi visión de la gente, mi concepto de la sociedad y con ello mi concepto de amistad. La vida es como una fiesta de disfraces. Cuando empieza, todo el mundo lleva máscaras todo el mundo lleva máscaras y poco a poco vas descubriendo a los verdaderos hombres que se ocultan tras ellas, sedientos de mentiras o víctimas de las mismas. Llega un momento en el que descubres que apenas puedes confiar en alguien. Debajo de esas máscaras están tus familiares, amigos, parejas… Te das cuenta de que de todas las máscaras que has levantado el noventa por ciento eran traidores o parásitos chupasangre que se dedican a sonreírte a la cara y a apuñalarte por la espalda. También te das cuenta de que puedes contar solo con unos pocos. En nuestra fiesta de la confianza, cada vez que destapamos el verdadero rostro de una persona se nos brinda la oportunidad de expulsarla o de darle una segunda oportunidad. Muchas veces damos segundas oportunidades sin que se lo merezcan. Ahí se descubre que las personas pueden cambiar (sí, pueden hacerlo, no es un mito) o seguir siendo igual de falsas y más traidoras que Judas. En ese caso se nos da a elegir entre ser imbécil o inteligente. Ser inteligente y tomar la decisión adecuada la mayoría de las veces duele. Expulsar a una persona de tu corazón es difícil pero si lo daña es lo correcto. Al final se agotan la paciencia y la confianza. En nuestra mano está el estar rodeado de falsos e hipócritas y darles la confianza para que la pisoteen o jugar a que no sabemos quién hay tras esa máscara. Simplemente hay que esperar a que caigan por el propio peso de sus sucias mentiras y sus puñaladas traperas. Dejemos que los reyes mitómanos mueran sepultados por sus castillos de mentiras.