martes, 13 de septiembre de 2016

Introspección en el caos

Dicen que la vida es un puñado de momentos que nos hacen únicos y especiales. Momentos malos y buenos, de tristeza y felicidad. En realidad es en momentos límite cuando uno mismo descubre quién es y de qué es capaz. Al caer en lo más profundo o al volar lo más alto posible. La vida nos pone a prueba con catástrofes interiores. Ese tornado que hace que las mariposas vuelen lejos del estómago y nos hace ver el mundo de otra manera, nos mantiene en un estado de embriaguez descontrolada y potencialmente peligrosa cuando desaparecen. Ese terremoto que remueve los cimientos de nuestra conciencia cuando tenemos el poder de tomar una decisión importante. Esa tormenta que se desata cuando un amigo nos traiciona o nos decepciona. 

Imaginaos que todas las “catástrofes interiores” se unen en el mismo cuerpo. Un caos total invade nuestra mente y nuestros sentimientos. No captamos nada con claridad, todo es muy vago y difuso. Una confusión general se apodera de nosotros haciendo que podamos incluso hacernos daño a nosotros mismos entrando en un bucle de cerrazón. Nuestros pensamientos atacan masivamente a nuestro ser y lo consumen. Aparecen la rabia, la ira, el miedo y con eso un descenso vertiginoso. Un declive que nos lleva a dos posibilidades. Una es tocar fondo y quedarse estancado volviendo a caer en lo mismo una y otra vez y la otra es hacer introspección. Solo se puede huir de la oscuridad arrojando un poco de luz y eso es mirando dentro de nosotros mismos intentando salir de las tormentas y demás que se interpongan en nuestro camino. En muchos casos es muy complicado y algo nos vence. Tirar la toalla es lo más fácil. Estar noqueado y confuso por culpa de tantos golpes que, muchas veces, nos damos nosotros mismos. La ira y la rabia causada por no poder aclarar nuestras ideas nos puede llevar a cometer más errores, a no pensar en las consecuencias de nuestros actos porque ese bloqueo mental y sentimental nos nubla la razón y crea la sensación de que todo carece de importancia. El típico mandar todo a la mierda. Un golpe en la mesa con lágrimas en los ojos, un nudo en el estómago y un lío en la cabeza. Salir corriendo lejos de todo eso dando un portazo. Pero todo eso va dentro de nosotros y podemos huir de ello, solo afrontarlo mirando dentro de nosotros mismos y tomándonos dos tazas de optimismo para contrarrestar el aura de oscuridad y pesimismo que nos envuelve en esa situación.

Salir a la calle y sonreír con la satisfacción de haber luchado contra esas “catástrofes internas” que sorprendentemente ahora no son tan importantes. Una vez que has luchado y has ganado, el enemigo no parece tan fuerte. Ese enemigo que somos nosotros mismos en nuestra peor versión, una versión oscura que no nos identifica. Es cierto que hay momentos en los que la vida duele, pero reside dentro de nosotros el poder de calmar ese dolor o aumentarlo, somos la cura o la enfermedad. 

miércoles, 7 de septiembre de 2016

Todos para uno y uno para todos

El tiempo pasa rápido y golpea fuerte. Ayer éramos críos que su única preocupación era qué golosinas elegir o qué colección de cromos empezar. Aquellos partidillos de fútbol en el patio, aquellos cumpleaños a los que invitabas a toda tu clase, aquellas largas noches esperando al ratoncito Pérez o a los Reyes Magos… Año tras año, aventura tras aventura, anécdotas que nos acompañan toda nuestra vida y que siempre nos van a sacar una sonrisa, esas que nos harán volver a esos momentos despertando la melancolía en nosotros. Esa pequeña cicatriz en la rodilla, el codo o la cabeza por caídas de la bici o jugando al pilla pilla que nos hace recordar momentos en los que incluso lloramos como algo positivo y bonito. Nos acordamos de todo y de todos. Todas esas personas que estaban allí mientras nosotros crecíamos y aprendíamos las cosas sencillas de la vida. Muchos de los que estaban en esos tiempos hoy no sabemos dónde están o qué ha sido de ellos pero muchos otros nos siguen acompañando en nuestro camino, a pesar de las adversidades que aparezcan. Los amigos que durarán toda la vida, esos que nos vieron aprender a montar en bici, estaban ahí cuando nos hicimos nuestra primera brecha o cuando necesitabas contarle a alguien tu primer beso. Amigos con los que has vivido mil experiencias y estáis tan unidos que no hace falta hablar para que os entendáis. Esos momentos de mágica complicidad en los que miras a tu amigo y sabes en lo que está pensando o en los que decís lo mismo al mismo tiempo. Esas tantas fiestas de vuestro pueblo que os habéis pegado y de las que tendréis anécdotas para toda la vida (y esas son de las buenas, los veranos dan para mucho). La primera borrachera o el primer cigarrillo, el primer amor (y el primer desamor, que suele ir acompañado de una charla de horas y horas con tus amigos), el paso del colegio al instituto y del instituto a la universidad… Amigos que nos han visto crecer desde que llevábamos chupete y nos verán con bastón o taca taca, esos son los que valen de verdad. Por muchas veces que os peleéis y que la vida se empeñe en poner obstáculos nunca se perderá una amistad bien forjada. Dicen que los amigos son la familia que elegimos y eso no es del todo cierto. A veces el destino nos pone en el camino al idiota que te hace reír cuando estás triste, que habla con la chica que te gusta o que te ayuda en lo que sea sin pedir nada a cambio. Y esto no lo buscamos nosotros, simplemente el destino es muy juguetón y une a personas muy distintas que terminan haciéndose inseparables y aunque terminen cada uno en una punta del planeta siempre terminarán volviendo los unos a los otros. Porque la amistad es como un imán de una potencia magnética inimaginable: siempre acabas al lado de tus amigos, sois inseparables. Y aquellos amigos que no cumplan esto no son amigos, son conocidillos que al final quedarán en el olvido. Los buenos amigos dejan huella en el corazón. Esos amigos que te dan consejos porque quieren lo mejor para ti y no conocidos interesados que tienen doble cara. Aquellos que partirían caras, que ponen la mano en el fuego por nosotros, por los que daríamos la vida. Como decían los mosqueteros "Todos para uno y uno para todos" . A mí me gusta ver la vida como un viaje en coche de aquí para allá en el que me acompañan mis amigos y siempre suenan nuestras canciones preferidas, un viaje sin fin, un bucle de felicidad plena. Y es que no son amigos, son una parte más de nosotros mismos. Sin ellos no podemos ser nuestro “Yo” más auténtico… ¡Somos una piña a la que no hay que tocarle los piñones!