Un camarero los guió por un largo pasillo que desembocaba en una enorme sala iluminada por la luz de varios candelabros distribuidos por todo el recinto. Tenían una mesa preparada. Se sentaron todos y pidieron la comida. Mientras llegaba les sirvieron una copa de vino rosado con lo que empezaron a desinhibirse pronto. La cena transcurría de manera amena y todos se desenvolvían con facilidad en la gran cantidad de temas que salieron. Todo transcurría con normalidad hasta que recordaron una anécdota en la que la protagonista fue la única persona que faltaba entre ellos.
-¿Os acordáis cuando Ditchter tiró a Adara al rio con la ropa puesta?-dijo Gadael entre risas.
Un silencio sepulcral invadió la sala. Todos se quedaron callados al escuchar ese nombre. En especial Ditchter. Todo se remonta cinco años atrás. Adara era otra de las chicas del grupo y también la novia de Ditchter. Ellos eran amigos desde que tenían seis años y eran inseparables, hasta tal punto que a los diecisiete años de Ditchter y los quince de ella empezaron una relación que iba más allá de la amistad. Era la pareja más feliz del mundo. Salían con sus amigos siempre y cuando podían se reservaban días enteros dedicados a ellos en los que despedían romanticismo por todos lados. Vivían en un ambiente ideal, pero a los tres años algo terrible sucedió. Adara iba de viaje con sus padres camino a Francia cuando un conductor borracho se cruzó en la carretera y les sacó de la vía. Los padres salieron ilesos pero su hermano pequeño de diez años murió en el acto y ella quedó en estado grave. Desde entonces ella estaba en coma y nadie quería hablar del tema. Hacía un año de aquello y todavía no lo habían superado. Ditchter se hundió en una depresión insostenible. Cuando parecía que lo había superado empezó la tortura de nuevo. Ditchter se levantó y salió fuera.
-Joder Gadael la has cagado bien-dijo Zurka.
-Yo pensaba que…-dijo Gadael.
-¡Joder un poco más de cabeza tío!-le reprochó Doven mientras se levantaba y seguía a Ditchter para hablar con él.
-La verdad es que todos estamos un poco igual…-dijo Satis.
-Pues sí, yo todavía recuerdo esas tardes de chicas con ella-dijo Nice con lágrimas en los ojos.
Mientras, Doven siguió a Ditchter por todo el restaurante hasta que salieron a la calle. Ditchter se sentó en la acera y posó su espalda sobre la fachada. Las lágrimas inundaban sus ojos verdes y recorrían su cara dejando un rostro desconsolado. Doven se acercó, se agachó a su lado y le ofreció un cigarro. Luego se sacó otro para él y se sentó a su lado. Se los encendieron y hubo un silencio de unos diez segundos. Doven miró a su amigo destrozado por dentro y poniéndole una mano en el hombro le dijo:
-Amigo, la vida da muchas vueltas, no puedes estar jodido siempre por lo mismo.
-Lo sé Doven pero es que ella significa mucho para mí-respondió Ditchter.
-Ya ¿pero has pensado que puede que nunca despierte?-preguntó Doven.
-Por supuesto, todos los días de mi vida desde el accidente-respondió Ditchter.
-Entonces ¿qué piensas hacer al respecto?-preguntó Doven.
-Pienso esperarla hasta el fin de mis días, con ella lo tenía todo y ahora no tengo nada, solo fe y esperanza de recuperar todo eso que ese borracho se llevó por delante. Quiero esperar a que vuelva mi todo, algo me dice que tengo que hacerlo, es la mujer de mi vida y si me tengo que morir a los pies de su cama esperando a que se despierte lo haré-respondió Ditchter.
-Hermano, tú vales mucho y no me gusta verte sufrir, pero si esa es tu elección yo te apoyaré. Te llevaré todos los días al hospital si hace falta. Si te hace feliz estar a su lado aunque esté en ese estado haces lo correcto. Si tú eres feliz yo soy feliz-dijo Doven dándole un abrazo a su amigo.
-Gracias Doven, eres muy grande-le dijo Ditchter cogiéndole de la nuca.
-Gracias, tú también tío. Ahora vamos a terminar esa cena y a disfrutar de la noche-dijo Doven mientras entraban otra vez al restaurante.
Volvieron a retomar la cena y siguieron conversando toda la velada. Se preparaban para una buena noche, ajenos a lo que pasaría unos días más tarde…
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