Aquella mañana se levantó cansado de la vida. Se miraba en el espejo y hacía mucho tiempo que no se veía. Un rostro demacrado, con ojeras y los lacrimales secos de tanto llorar. Barba de un mes, depresión de diez. Estaba más delgado, el hambre había desaparecido y con ella ocho kilos… de vida. Las pesadillas no le dejaban dormir, parecía un alma errante de día, de aquí para allá sin rumbo. Consumido por los sentimientos no se tenía en pie. Dando tumbos por ahí, hacía lo que el cuerpo le pedía. Cigarro tras cigarro su vida se consumía. Entraba en los bares y los dejaba sin bebida ahogando las penas en alcohol. Hacía un día precioso pero para él era igual de gris que los otros veintinueve. Hacía ya un mes de su caída y el comienzo de sus desdichas. Tanto sufrimiento de su corazón, por sus ojos escapaba. Caminaba por las afueras con la mirada perdida. Nada tenía salida, no había salida. El sol se escondía y un color anaranjado teñía el cielo poco a poco. Ocaso de los ocasos. Caminaba cerca de la vía del tren. Tambaleándose hizo un repaso fugaz a toda su vida, llena de desgracias. Ya no le quedaba nada, ya no tenía a nadie. Un traqueteo sonaba de fondo. Miró al cielo esperando perdón y dio un paso al frente. Una luz se veía a lo lejos, el ruido cada vez era más fuerte. Quizá esa no era la solución pero su alma ya estaba lejos de su cuerpo. Giró la cabeza y la luz se le vino encima. Un minuto después se hizo el silencio. Su cuerpo yacía tendido inerte en los raíles, pero su alma ya era libre para siempre.

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