miércoles, 25 de noviembre de 2015

Nunca estamos solos

Después de un largo día llegó a casa. Cansado se preparó algo ligero de cena y se puso a ver una película de amor. Amor como el que estaba viviendo. Un amor intenso, de esos que no quieres que se acaben nunca. Últimamente algo extraño pasaba. No contestaba a sus mensajes con la misma delicadeza y el mismo entusiasmo de siempre. Algo no parecía ir bien. Mientras veía la película revivía en su mente los recuerdos tan bonitos que tenía de los dos y que hacía mucho tiempo que no sucedían. Sacó el móvil y le escribió “Hola cariño que tal te ha ido el día? ”. Pasaba el tiempo y no respondía. Sabía que lo había visto y se resignaba a pensar en que estaba ocupada y por eso no podía contestar. Acabó la película y empezó a impacientarse. Al rato le llegó un mensaje y salió corriendo a mirar el móvil “Oye tenemos que hablar”. El mundo se le cayó encima y el corazón empezó a palpitar a un ritmo descontrolado. Tras horas hablando y discutiendo, el mundo pasó de ser perfecto y resplandeciente a caer en el caos y las sombras. No entendía por qué. No entendía cómo. Tic Tac. El reloj de la pared retumbaba en la habitación quebrando el silencio sepulcral que reinaba en ese momento. Empezó a mojarse la pantalla del móvil, corrían las lágrimas por su cara. Con los ojos completamente anegados se levantó torpemente en la oscuridad de la habitación y se acercó a la ventana. Miró a la Luna menguante esperando que ella tuviera explicaciones. Nada tenía sentido. Su corazón estaba hecho trizas y su cabeza muy lejos de ahí. Cogió las llaves y la cartera y salió de su casa. Caminaba por la calle como un zombie. No sabía dónde ir ni qué hacer. Le daba igual todo, como si le pegaban un tiro y se quedaba ahí muerto. Se metió al primer bar que encontró. Pidió un whisky sólo. Y luego otro. Y luego otro. Y luego otro. Y perdió la cuenta. Parecía que dolía menos el corazón. Totalmente ebrio comenzó la fase depresiva del alcohol y se acentuó su dolor. Salió del bar dando tumbos, de un lado para otro. La vida era una mierda en ese instante. Conteniendo las ganas de mandarle un mensaje se fue a casa. Entró al ascensor y en lugar de pulsar el 3 pulsó el último número. Cuando llegó al octavo abrió la puerta de la azotea y caminó lentamente, harto de la vida al borde. Se subió al muro y miró hacia abajo. Las luces de los coches eran puntitos minúsculos. Se metió la mano en el bolsillo y cogió el móvil. Empezó a escribir. Le escribió una auténtica despedida en verso disculpándose por lo que hubiese hecho mal y diciendo que no iba a dejar nunca de quererla, que lo recordara por siempre. Luego le escribió a su mejor amigo. Tras una hora observando la belleza de la ciudad se puso en pie casi tambaleándose. Era el final. Todo había acabado para él, ya nada valía la pena. En apenas unos segundos mientras se inclinaba al vacío una mano le cogió inesperadamente y lo tiró al suelo. Era su mejor amigo. Enfadado le levanto y secándole las lágrimas mientras el también lloraba le gritó “Todavía me tienes a mí”. De repente se dio cuenta de lo idiota que había sido y derrumbado se abrazó a su amigo que le decía “No te preocupes saldremos juntos de esto”. 

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