El tiempo y la casualidad me han despertado una curiosidad. Pasaba yo por el patio de un colegio y escuché a un niño decirle a una niña: ¿jugamos al amor? De repente me quedé parado y dejé todo pensamiento de lado. Me vinieron a la cabeza la cantidad de locuras y errores que se cometen en el juego del amor. Ese niño probablemente no supiera de qué hablaba pero a mi me creó un debate. ¿Es el amor un juego? En el amor cada uno juega sus cartas. Es fácil ir de farol y hacerle creer a otra persona que la quieres. Lo difícil es quererla y que no piense que vas de farol. Hay muchos tramposos que juegan con loa corazones a su antojo y siempre van de farol. Éstos hábiles jugadores suelen ganar mintiendo pero siempre llega el momento en el que pierden. Llega otro jugador que le da a probar su propia medicina. Pierde la partida porque deja de jugar y comienza a sentir. Pone las cartas sobre la mesa, se rinde. Gana el otro jugador, le ha enamorado. Lo malo es que el otro jugador también puede ir de farol. Ahí es cuando empieza el juego sucio de verdad. El mentiroso es mentido y viceversa. Game over. El mentiroso ya no quiere jugar más. La pena es que el que no suele mentir también pierde pero en vez de retirarse suele cambiar el juego. Si le rompen el corazón juega a encontrar al contrincante perfecto. El contrincante perfecto en el juego es aquel que hace que saquemos lo mejor de nosotros, que nos guste jugar. Es ese contrincante que juega limpio, no nos miente, nos enseña a ser mejores. Nos engancha. En el amor el contrincante es la persona a la que amamos. A veces el contrincante que queremos está jugando con otra persona o simplemente no quiere jugar con nosotros. El objetivo es encontrar al oponente perfecto y jugar el resto de nuestra vida con él hasta que se desgasten las cartas. Sin importar el tiempo ni lo que nos rodea. Si el amor es un juego, seamos ludópatas.
Madre, muy buen post... Me encanta!!!😚
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